El amor en tiempos de coronavirus

Convivir 24 horas con tu pareja y no manejar adecuadamente los tiempos y espacios es perjudicial para la relación.

Hay otras parejas, que no están las 24 horas juntas, pero uno de ellos es el que se encarga del cuidado de los niños, o de la casa y echa en falta, a la otra persona de la pareja, suele pasar que cuando regresa a casa el que ha tenido que salir, o cuando regresa al espacio familiar, el que ha estado trabajando en su despacho ocho horas (o más) lo único que recibe son quejas, reproches, y se crea un intenso malestar en la pareja y en la familia. No solo por los reproches, sino también se suma las preocupaciones que este tiempo deposita en nuestra mente (preocupaciones económicas, laborales, planes, familiares, alguna persona conocida que este infectada, el curso escolar, máster en marcha….).

En situaciones así, nuestra cabeza no para si no la ayudamos a parar, y para eso necesitamos tiempo.

Por eso es muy importante intentar mantener los espacios y el tiempo que cada uno necesita.

Yo los llamo espacios de autocuidado.

Y esto hay que hablarlo, decidir entre los dos cuánto tiempo libre van a tener cada uno para estar con uno mismo. Y ese tiempo, tiene que incluir un espacio, en el cual uno podrá hacer, solamente, lo que le haga bien.

Ideas tenemos un montón, escuchar música, leer un libro, mirar una serie, ducharse, hacerse una mascarilla facial, hablar con amigos, dormir una siesta, o simplemente estar solo sin hacer nada.

En lo que cada uno gaste su tiempo, el otro no se puede meter, no puede juzgar, no puede opinar. Es un tiempo solo de uno.

Creo que son detalles en los que tenemos que pararnos a pensar.

No solo queremos salir vivos de esta pandemia, también queremos seguir juntos.

Mucho ánimo a todos y quédense en casa.

¿Qué hay más allá?

“Me di cuenta de que si seguía así, iba a recaer”.

Me sentí emocionada, sentí que nuestro trabajo había servido. Mi paciente había tenido, lo que en psicología se llama, un “insight”, por fin se había dado cuenta de algo determinante en su vida y, con lo que tenía que hacer algo al respecto.

Cuando hay una persona enferma en la familia, a veces queda “señalada” como la problemática, la culpable de que las cosas vayan mal, sin que los otros familiares se pongan a pensar en qué es lo que cada uno hace, para que ésta persona funcione así.

En el caso de la paciente que estaba comentando, ella sin quererlo, había heredado la empresa familiar, su madre falleció siendo ella adolescente, se hizo cargo a la fuerza, sin otra opción del rol maternal, cuidaba de sus hermanos pequeños, se encargaba de la casa, y terminó los estudios como pudo. La habían puesto a trabajar en el negocio familiar, lo había asumido como responsabilidad propia, como que “era lo que tocaba“. Sacó adelante la empresa, de hecho la hizo crecer, tuvo “éxito“, y se preguntaba “¿qué más puedo pedir?“. No entendía, cómo una persona como ella, tuviera una depresión, si “todo estaba bien“. Por eso, comenzó a beber al llegar a casa, para relajarse y desconectar. Con el tiempo, también bebía en los almuerzo y comidas, y así mantener el ritmo. Hasta que un día, porqué siempre hay UN DÍA, en que no pudo más y pidió ayuda.

Su problema con el alcohol la había superado, estaba sumida en un desanimo profundo, una ansiedad permanente, y ese fue el motivo por el cual, su pareja le advirtió que debía verla un especialista. Comenzó, muy a regañadientes, el tratamiento, y luego de unos meses de estabilidad y abstinencia, se dio cuenta de que su vida, no era lo que ella quería. Había vivido, desde adolescente, la vida que le habían impuesto, que “tocaba” hacer, pero nadie le había preguntado si ella quería hacerlo…(ni siquiera ella misma). Simplemente, era así, es lo que había.

Pero ahora, al estar recuperada, y volver a su vida y rutina, la enfermedad comenzó a mostrar nuevamente las orejas, y ella se dio cuenta, de que el problema no era el alcohol. El alcohol era lo que le “ayudaba” a soportar esa vida. El alcohol, era su ansiolítico, su antidepresivo, su forma de afrontar los problemas. Y fue ahí, justamente ahí, en ese momento, en el que dijo BASTA.

Ya no quería seguir viviendo una vida, que ella no había elegido y que encima no le llenaba. Pero tomar esa decisión, significaba romper lealtades familiares.

¿Cómo se hace para ser feliz y seguir siendo la hija perfecta?

¿La hermana perfecta? …

En realidad, pudo darse cuenta que nunca lo había sido. Siempre se le exigía más y más. Nunca era suficiente. Tenía miedo. Sabía que por ese camino que ahora se vislumbraba una luz, iba a ser muy duro transitar. Aparecería mucho dolor, mucha culpa, muchas cargas. Pero dentro había un palpito que le decía que algo tenía que cambiar. No podía seguir jugando algo que ella, sabía ciertamente que ya NO quería jugar.

¿Podía elegir? La respuesta es, SI.

No estaba sola. Se tenía a ella misma, a su pareja y a sus hijos. A su futuro. El apoyo de su Terapeuta. Había que cruzarlo, no quedaba otra opción…